lunes, 13 de mayo de 2024

EL ESPEJISMO DE LAS ACAMPADAS

 

Desde el mes de noviembre se está produciendo en Gaza un genocidio sobre el que se tienen múltiples testimonios e imágenes que se renuevan diariamente, extendiéndose por los distintos canales de comunicación de las vigentes sociedades postmediáticas. Este acontecimiento pone de manifiesto la impunidad del estado de Israel, que continúa ejecutando implacablemente su plan de exterminio, ajeno a las voces de moderada protesta de la sociedad internacional. Las organizaciones globales como la ONU muestran impúdicamente su impotencia para detener las matanzas. En ese juego de actores subyacen distintos posicionamientos sumergidos, que públicamente apelan a un alto el fuego, en tanto que resaltan como última ratio el derecho a defenderse no sujeto a límites por parte del estado agresor. La doblez y el cinismo imperan en este muro de las lamentaciones de la sociedad internacional.  

La sociedad española ha dado una respuesta muy modesta. En tanto que se han producido varias manifestaciones de protesta, con una asistencia comedida, algunas personas han desarrollado iniciativas de protesta en actividades sociales con impacto mediático. Se puede afirmar que, en relación con la escala hiperdestructiva con que se ejecuta esta matanza, las réplicas se han situado muy por debajo del rango que implica una agresión masiva a una población desarmada con la presencia de las cámaras. En mi opinión, se constata cierta indiferencia social, acentuada por los prejuicios existentes con respecto a una población musulmana. La conciencia colectiva española, se encuentra afectada por los rescoldos de su pasado colonialista, que se manifiesta en el entusiástico apoyo popular a las unidades de la legión en sus desfiles y ceremonias públicas.

La debilidad de las iniciativas sociales y el tratamiento ambivalente de los medios, contrastan con los posicionamientos de los partidos políticos españoles. Estos se han pronunciado en coherencia con sus tradiciones y posicionamientos. Pero, la persistencia del genocidio, que se cronifica y adquiere el perfil de incremental, ha determinado su resignificación narrativa al servicio de los relatos que los partidos ponen en escena. Así, el tema palestino, en las últimas semanas, ha sido “adoptado” por la izquierda como tema que alivia la presión que experimenta como consecuencia de sus pactos con los nacionalistas catalanes. Palestina se ha convertido en un argumento para desmonopolizar la cuestión catalana.  De esta forma ha adquirido un protagonismo catalizado mediáticamente por las primeras acampadas en las universidades.

El resultado es la instalación en la actualidad de una pantalla nueva en la que la cuestión de Gaza adquiere centralidad como elemento de puja entre la derecha y la izquierda del Régimen. Esta confrontación no quiere decir que se renuncie a las contradicciones, en tanto que España es un acreditado comprador y vendedor de armas a los israelíes - antes, durante y después de la presencia de Podemos en el gobierno-. Es paradójico contemplar cómo un gobierno como el de España, tan obediente a los dictados de Europa, se esfuerza en prepararnos activamente para una guerra contra el demonio ruso, requiriendo nuestra complicidad en cuanto al incremento del presupuesto militar. Aún más, si un acontecimiento muestra la predisposición militarista del gobierno progresista, así como la extenuación de la opinión pública española, es la decisión de instalar una nueva base militar norteamericana en Menorca. Esto ya no se decide en el parlamento, al igual que el tráfico de las armas.  Por el contrario, se decide en la zona de sombra adjunta al consejo de ministros y de ministras. Sin deliberación alguna se comunica a las tertulias televisivas en la convicción de que los ilustres conversadores mantendrán su sensatez, y que las audiencias aceptarán sin rechistar esta narrativa.

En este contexto comparecen las acampadas en universidades españolas. Es conveniente interrogarse acerca de su significación. La hipótesis de que nos encontramos con un movimiento incipiente de desobediencia es desmentida en los primeros días. Al contrario que en las universidades norteamericanas, en las que el movimiento es muy amplio, interfiere la vida académica y suscita enfrentamientos con las autoridades y la policía, las acampadas españolas muestran su calma y ausencia de tensión. Todas ellas tienen lugar en espacios protegidos por las universidades mismas, siendo externas a la vida académica, que continúa su ejecución en la serie de clases, prácticas, simulaciones y exámenes.

Las acampadas universitarias españoles, que se producen en una situación muy avanzada del exterminio, forman parte de los mimetismos que resultan del sistema mediático audiovisual global. Un acontecimiento -como las primeras acampadas norteamericanas - es facturado en imágenes que se reiteran y multiplican produciendo una ola de mimetismo. Las imágenes de desmantelamiento de campamentos en Estados Unidos, con detenciones, tensiones, reapariciones de activistas, declaraciones de persistencia en la voluntad de perpetuar la protesta, son muy diferentes de las de los oasis universitarios españoles, cuyas imágenes remiten, no a los convocantes, sino a diferentes personalidades de la cultura que irrumpen en las concentraciones monopolizando la voz de los acampados, que conforman el fondo en el que se producen las declaraciones. Los inevitables Miguel Ríos, Carne Cruda y otras empresas culturales que protagonizan el evento. Me impresionó visionar la conexión del programa de La Base, en la que Iglesias y los habitantes del plató tenían una energía muy superior a las de los estudiantes que comparecían, que trasmitían una calma ajena a lo que es un acto de desobediencia.

El gobierno, las instituciones, los partidos políticos y los medios han devorado este movimiento de protesta anticipándose a su propia evolución y poniéndolo al servicio del relato de la izquierda oficial, muy necesitada de argumentos que nutran sus puestas en escena. Así, se configuran unas acampadas de baja intensidad, que no generan iniciativas ni tienen voluntad de expandirse al exterior. La vida en ellas transcurre sin tensiones en espera de la visita de las cámaras y de los ilustres políticos, mediáticos y culturales. El aspecto más relevante que denota su carácter institucional radica en que los rectores mismos se pronuncian en favor de sus objetivos, constituyéndolos en un apéndice estético. El deteriorado y vetusto entramado institucional se apodera de los contenidos de la acampada y expropia a los participantes del sentido de su acción.

Las acampadas se producen en los mismos espacios de las universidades bajo su protección institucional. De ahí la ausencia de cualquier tensión o épica movilizadora. Así se conforman como un simulacro del 15M o un revival de la célebre frase de Marx de “primero como tragedia y después como farsa”. La Corte del régimen del 78 se sobrepone a la movilización y se anticipa a su curso, cerrando así el final. No es de extrañar que todo concluya con un acto en el que comparezcan los grandes directivos de La Sexta, o que aparezca Jordi Évole entrevistando a acampados, o el mismísimo Roberto Brasero anunciando borrascas y recomendando reforzar la protección de las tiendas.

Una acampada es un acto de protesta y su valor radica en la decisión y acción de un grupo que se autoorganiza y se reconstituye mediante la práctica de la decisión en sus propias asambleas. La autonomía de los poderes instituidos es una cuestión esencial, porque lo que aporta un movimiento social es la invención de nuevas aspiraciones y sentidos de la acción. Un movimiento dependiente de los rectores no puede aportar nada, es una mera caja de resonancia. Así se hacen inteligibles las acampadas de la calma, sin oposición, sin riesgo, bajo la protección académica, política y mediática. Estas instituciones se encuentran en un estado en el que no pueden trasvasar una energía de la que carecen.

La preeminencia de las instituciones impone que los objetivos sean diplomáticos, que en la España del presente significan grandes ambivalencias. El genocidio es reducido, atribuyendo su responsabilidad a Netanyahu, que es seleccionado como chivo expiatorio que libera de responsabilidad a las instituciones israelíes. El sentido que tiene una acampada es constituir una acción que presione a los diplomáticos. Si los acampados se identifican con estos desde el principio, la acampada reduce su valor a un testimonio de imágenes de apoyo. Estas ambigüedades siguen el camino de otras “solidaridades” mediatizadas y fracasadas. Porque, ¿qué es de los afganos que colaboraron con el ejército español? ¿cómo ha concluido el éxodo de sirios huyendo de la guerra hacia Europa?  ¿y los miles de africanos que mueren en el Mediterráneo, y ahora en el Atlántico también, sin reconocimiento de las instituciones? Me temo que el pronóstico sobre el futuro de los palestinos es semejante.

Estoy dolorosamente harto de espejismos mediáticos y simulacros de solidaridad en la decadente sociedad española. Los estudiantes representan la carne de cañón movilizable para simular la indiferencia de la población, que en muchos casos no es tal, sino apoyo a los israelíes como blancos, héroes de las sociedades de consumo, que se definen como democracias (como la nuestra) para encubrir un supremacismo cultural compartido, que se manifiesta de múltiples maneras. ¿alguien se acuerda ya de los numerosos médicos y enfermeras asesinados en los hospitales mismos en las últimas semanas?

Solo falta que los rectores de las hiperdeterioradas universidades españolas asignen dos créditos a los acampados que acrediten su presencia en las mismas.

 

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